Inés sabe apreciar muy bien los relieves. Opción pensada fue la de dejar las dos primeras fotos como incógnitas para que cada un@ hubiese decidido, con mayor o menor acierto, proponer de qué se trataba. Pero ya lo veis. Aquí no hay magia. Un charco eventual es lo que tiene, magia de los microorganismos que de él se alimentan y que dan lugar a esos grumos de barro húmedo. Parece que un@ pronuncia 'charco' y la obsesión por lo marginal y degradado aflora. Y no, disiento. Arte es lo que tiene un charco. La deconstrucción de un charco descubre el alfar diminuto. No conviene tirarse al charco como tampoco obviarlos. Que cada un@ valore esa conveniencia.
============================================= No es una broma, amig@s. Tengo muchos registros fotográficos para pensar sobre ellos pero hoy quiero describiros el que debí poner y el que no puedo por razones obvias: olvido de la cámara en un lugar del Atlas marroquí. Nada mas iniciar la ascensión al refugio que luego nos llevaría al Toubkal hay un último pueblo llamado Amred, cercano a Imlil. El inicio de la ascensión discurre por el ancho curso de un río estacional que en épocas de deshielo puede llegar a unos 250 metros de anchura. Cuando el río es ya tan sólo un hilo no amenazante muchas personas cargadas de un azadón y una pala escarban para conseguir algo tan necesario como el pan. Recogen las piedras que amontonan en un pequeño cilindro que posteriormente utilizarán en la construcción de las casas. También recogen arena oscura que luego cribarán mediante el método más sencillo: traspasándola por una red metálica. Os visualizo: jóvenes escarbando hoyos para conseguir arena y piedra para construir. A mi amigo Antonio le comenté el hecho: 'hay que joderse, aquí todo el santo día para conseguir un carretón de arena'. Él, sabiamente, me contestó: 'es la única forma de hacer sostenible el planeta'. En sentido estricto creo que lleva razón. Y para hacer sostenible el planeta no hubiéramos viajado los que allí íbamos para subir un cerrito a 4167 metros. Pero yo no voy a definir la sostenibilidad como pretendían los organizadores de la Noche en Blanco dispuestos frente al Instituto Cervantes. Desde donde mejor se define es desde los lugares donde viven de un modo sostenible, donde lo que han hecho lo vienen haciendo desde hace muchos, pero que muchos años. Y yo, desde luego, nada hubiera escrito ayer (no lo hice) en esos letrones que había en la calle Alcalá donde uno descarga su conciencia de sostenible mientras luego coge el coche, fuma pitillos, y se da una ducha de agua calentita. Lo único que quería aquí era mostrar mi foto de sostenibilidad que os la describo y os dejo en paz:
Un chaval al que observo cómo recoge la tierra ahuecada en un hoyo. La recoge con una pala y la lanza a un montón hacia afuera para luego cribarla. La foto, al acecho, como muchas, rescataba al chaval en el movimiento de retroceso de la pala quedando sostenida la arena en el aire antes de caer en el montón. La figura del chaval estaba unos 70 centímetros sumergida en su hoyo.
Ésa era la foto. Ahora es una foto en blanco, en mi memoria. Una foto amada. Podré comprar otra cámara, que lo haré, mientras, el chaval seguirá sacando piedras y tierra hasta que el deshielo del Atlas enrase de nuevo el cauce.
Ojo, que no me he cebado en la muerte del zorrillo. Es una imagen real de la que no me asusto y sí me conmuevo. ¿Quién no se ha encontrado un animal muerto mientras iba conduciendo por alguna carretera? Deciros que lo retiramos a unos rastrojos y que a la semana no quedaba ni rastro. Esta entrada quería reflejar una especie de ira calmada, una reflexión sobre la muerte. Tempero se me adelantó con su ira, digamos, literaria, y no digo que me rindiese pero que sí me convenció más que lo que yo iba a exponer. 'Trasciende la muerte, repensar la vida', así comienza su texto y sí, ya me gustaría no sólo el redoble del pensar sino que el mínimo pensar fuese, al menos, un tambor de neuronas. Os dejo su texto:
" Trasciende la muerte, repensar la vida. Parecen inmóviles estas palabras. Me lo parecen a mí. Parece que escribo un epitafio suscitado por un zorrillo. Epitafio. Qué palabra. Parece una palabra cuadriculada. A veces definimos a las palabras por lo que nos significan y por la imagen que nos transmiten. Pero ya hablaré de ello. Ya sé que eso de repensar a muchos se la... ¿Cómo se dice? Se la s... 'Sila'. No, Tempero, axila. Ah, sí, se la suda. Sí ya sé que las axilas de muchos albergan imposible pureza. Y pureza es dolor y sudor. Y ya puestos, lágrimas. Sudan las ruedas de los coches como también sudan los excrementos de las balas. Aquí tenemos un zorrillo aún cálido. Probablemente lo pillaron al atravesar la carretera por la noche. ¡Y algunos dudan aún del cruce de los animales por las carreteras! Venga autovías. Habrá, éso sí, gente con gallinas que se alegre de la muerte de un zorro. Gallina de los huevos de oro, o de ladrillo o de asfalto. Sí la muerte de este zorrillo trasciende y vuelvo a pensar la merma de nuestra fauna y sus consecuencias. En mi pueblo un zorro es considerado una alimaña. Igual consideración tienen las rapaces. Y de ahí tantos huevos envenenados en otras épocas, cuando no escopetas. Repensar, digo."
Acompaño a esta entrada el preludio nº8 den do menor de 'El clave bien temperado' de J.S.B. Hay dos versiones. Una habla de soledad y de lágrimas. La otra es más clásica, interpretada por el pianista húngaro András Schiff. Que cada un@ elija la que quiere, si es que desea escuchar y elegir.
Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas.
(Ángel González)
"...aunque he estado entrando en el tuyo (silenciosamente), de repente hoy apareció el agua en él. Te parecerá irrelevante, pero me di cuenta que siempre asocio tu blog acechante a la naturaleza del interior, a la tierra, a los paisajes secos, al clima continental, a la llanura o al bosque. De repente el agua..." Sí, Araceli, mi cuaderno quizá tenga más de áspero y de terruño que de agua salada. Soy de interior, de viñas y monte bajo. Pero no eludo el agua y mucho menos el vuelo. Toma esta entrada y cógela como antaño se llevaba el pan, bajo el brazo. Y de propina dos interpretaciones de Juan Sebastián Bach a cargo de un paisano tuyo, un excelente guitarrista: Jordi Bonell.
Mi gaviota
Vuelo sin pestañear, inquieto mar, gaviota. Filo extenso, mar denso, gaviota. Ficción aérea, mi vuelo, mi marea, gaviota. Solución a las dunas, tu humedad, gaviota. Desorientar mi gravedad, tú, mi gaviota.
No perturbo más que lo mínimo esta imagen de un, cada vez menos, buitre negro. Captado en un pino resinero. Captado antes, en reposo y después, en su despegue. Quizá sea de las fotos más bellas que he conseguido, estando donde bebía de estar, al acecho y tras un pino.
Escuchen bien esta travesía a la soleá, o si quieren soledad. Empieza con un levísimo zumbido de moscas, siempre previas, por supuesto, y posteriores a un cadáver. Su discurso, el de la soleá, es exclusivo. El de las moscas siempre vulgar.
Si nos cuesta dormir nada mejor que una nana. La posibilidad de que te rasquen en la espalda ya sería para nota y, por supuesto, para dormir de una manera más plácida. Lo que no conviene es andarse rascando de una manera obsesiva y continua. Como tampoco conviene que te enganchen ni que te alcen. Recomiendo para ello una visión rastreadora de las cosas. Sí ya sé, si eres un poco perra el acecho de alguna que otra pulga puede ser inevitable. Pero soy de las que prefiero oler a ras de tierra aunque me salga un sarpullido. De todas formas, como al metal, siempre nos acaba saliendo. Una nana siempre aplacará, ya lo decía 'Bola de Nieve', 'Tú drume negrita'.
Mamá, la negrita, se les salen los pies la cunita y la negra Mercé ya no sabe que hace'
Tú drume negrita si te duerme voy a hace' una cunita que va a tene' capitel que va a tene' cascabel
Si tú drumes yo te traigo un mamey bien colorao. Y si no drume yo te traigo un babalao que da pao, pao
Ya entró una libélula en reposo el día trece de agosto. Era en una playa del levante. Ya aludí a la rareza del insecto entre los bañistas, de lo alucinada que quedé. Todas las fotos que os muestro ahora tienen un elemento en común, aparte del cielo. Otra libélula. Quisiera creer que no es la misma, aunque nada me importaría si lo fuese. El entorno donde esa libélula me embelesó hasta no decir basta fue radicalmente distinto. No había agua en unos kilómetros a la redonda. Pero, lo que se dice, ni una gota. El entorno es el del reseco campo de carrascas, gamonitas, esparto y romero cercano a la Osa de Montiel. ¡Que alguien me lo explique! Con una chicharrera de los demonios, qué hacía aquel insecto por allí. Si sigo allí, seguro que todavía me estaría rondando. Ya sé, estaba al acecho. Pues hala, que alguien se dé un paseíto por allí a ver si vuelve a ver alguna. No sé, pero cuando presencio esas situaciones tan insólitas creo que hay meigas detrás. Pensé por un momento que era una prueba de acrobacia. Y lo fue. El campo es lo que tiene de bullicioso, lo mismo te atacan por los oídos que por el cielo. Pero que conste que, aparte de quedarme embelesada, me defendí como pude: disparándola. Al final, una pluma despistada (que de dónde coños vendría) puso la nota de sosiego y me recosté en mi tesoro alado.
Se quedaron estos calabacines en la huerta cuando eran verdes. Pasaron bastantes días y se arrugaron. Y el mayor capricho: cambió su color.
Y sí, color como destreza del tiempo. Aconteció, pude pensar. Sucede que el color no se inhibe, o por viejo algo, o por maduro, piezas que rescatan un naranja oculto. Siendo como es el color, manantial no adulterado, preciso, esquivo a lo uniforme, incierto también. Tiempo que decolora aquella puerta, fantasma que entraña el color. No todo pues exuberancia, pero sí ciclo. No dudar de las pinceladas sabias que parte tienen de íntimo, que salen sin evitar nada.
Sí, aún quedan especies autóctonas de ciruelas. Si uno se informa sobre las diferentes variedades de peras que había en el pueblo de Madrid llamado La Hiruela alucina. Sí, dicho así, a-l-u-c-i-n-a. Sí, todo echado a perder. Nuestra comodidad por lo bello, por el producto enfundado, por lo no macado. Esta ciruela, ya caída en el suelo, no sólo la fotografié por su belleza y su color sino que me la comí. Bastó mirarla para saber que su interior era dulce y su gesto de entrega inmediato. Muchos de los árboles de esas especies autóctonas se están abandonando. El árbol de donde procede esta ciruela también. Muchas de ellas estaban ya maduras y reventadas en el suelo. El resto allí esperaba, en el árbol. Algún trepador me proporcionó no sólo el sabor de antes al traerme una pocas sino el sabor de ahora, el sabor del instante, el sabor lleno.
Una clara invitación al vuelo. Hay de todas las aerolíneas. Aquí no existe el low cost o bajo coste. Hay oportunidad de volar bajo la densa mansedumbre que alza el airbús cicónico sobre el cereal, o sobre la sombra elevada del mirar negro de los milanos, o, si se tiene miedo, acudir al lento gregarismo de las avefrías. Vuelo para elegir, primer, segundo plato y postre. Vuelo y alimento. Alguien (vuelvo a la escasez de memoria o al revoltijo de la misma) que no recuerdo bien me dijo por sencillos estos versines. Por sencillos, no por imposibles:
Dame por vuelo el ímpetu sencillo de poder verte.
Disfrutad con esta bulería delicada del genial Paco de Lucía. Nadie sin vuelo. Aquí os dejo con este combustible auditivo:
Volar (Bulería de Paco de Lucía)
Volar, volar, volar yo sólo quiero volar yo quiero vivir a mi aire y que no me lo reproche naide.